miércoles, 22 de junio de 2022

Escalar la verdad

La serie de ficción, después de la serie documental.

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Vincent Vermignon, encarna a Jean-Xavier Lestrade en la ficción.- (c) thewrap.com



[Aviso: contiene spoilers]


Una ficción sobre una no-ficción, ¿una verdad?

Pocos años después de la exitosa serie documental La escalera [Soupçons es el título francés (Sospechas)] —filmada en varias tandas a lo largo del tiempo—, del ganador de un Oscar en 2001 por un documental sobre la falsa acusación de asesinato a un joven negro, Jean-Xavier Lestrade, llega la serie de ficción de Antonio Campos, de mismo nombre y mismo asunto y basada en el documental, tal como rezan los títulos de crédito: el fallecimiento no resuelto de Kathleen Peterson, née Atwater, hallada muerta por su marido, el escritor Michael Peterson, a causa de un desangramiento a los pies de la escalera de su mansión en noviembre de 2001 así como sus derivadas judiciales e intrafamiliares.

La ficción se aparta bastante del documental en la medida en que recrea ciertos acontecimientos, que este no recogía, acaecidos desde un poco antes del trágico suceso hasta el momento en que Peterson deja saldada definitivamente su deuda con la Justicia, en 2017, y puede encarar la última etapa de su vida con plena libertad de movimientos y de expresión.

Michael Peterson, de 78 años, sigue viviendo hoy muy modestamente en la localidad de Durham (Carolina del Norte), sin pareja estable conocida, y habiendo autopublicado en los últimos años dos libros de memorias: uno sobre sus vivencias en torno al caso Behind the Staircase (2020) ["Detrás de la escalera", cuyos beneficios van destinados a obras de caridad], y Beyond the Staircase (2021) ["Más allá de la escalera"], una ampliación del anterior, centrado más concretamente en el documental; y luego ha  autopublicado también una novela de horror, Atman (2020) [subtitulada: Una historia del mal, cuya acción se sitúa  en Alemania]. 

El documental seguía especialmente el recorrido procesal del caso (con bastante metraje procedente de la señal obtenida durante las propias audiencias), y el calvario consiguiente por el que hubieron de pasar el acusado y su entorno familiar. So capa de denuncia aséptica y supuestamente objetiva del disfuncionamiento de la justicia en Estados Unidos, la tesis principal sería el conocido tópico: allí se condena más por lo que uno aparenta ser, o por lo que uno es, que por lo que uno hizo; se trataba de un bien trabado ejercicio de voyeurismo en los entresijos judiciales y familiares del protagonista de la historia, y que, en el fondo, perseguía presentar a Peterson como víctima de un sistema viciado (con una posible corrupción del experto en rastros de sangre; Michael, por otro lado, había atacado repetidas veces en la prensa al mismo fiscal del condado que luego se habría encargado con saña de dirigir la acusación; el jurado se habría dejado influir por elementos ajenos al expediente, etc…) y de una sociedad local, en definitiva, pacata, puritana y vengativa. Hay que anotar que el documental se hizo sin el aval de la hija y las hermanas de la fallecida ni de la fiscalía, lo cual impide en gran medida reflejar desde dentro cómo lo vivía todo la otra parte enfrentada en el proceso.

A pesar de la personalidad distante, huraña, espinosa de Michael Peterson, el espectador no podía por menos de empatizar con él en el documental, aun cuando pudiese albergar alguna reserva en lo tocante a su inocencia. Es un esforzado alegato en favor del canónico y sacrosanto principio del beneficio de la duda, que, en términos jurídicos, corresponde a aquello tan manido de que uno es inocente mientras no se demuestre lo contrario. En apariencia. En el fondo es un obra "de parte", como se verá más adelante, básicamente por el foco excesivo y constante puesto en una de las dos partes enfrentadas el juicio, en detrimento de la otra: la acusación y de la fiscalía. 

El mérito de haber alcanzado la serie documental tan efectista resultado ha de atribuirse no solo a su director, Lestrade, sino también a la montadora, Sophie Brunet, quien se enamoró del personaje primero y luego de la persona (en realidad, se enamoró del trabajo de montaje que ella misma estaba realizando; un clásico: le ocurre a todo creador con su criatura); mientras realizaba el montaje, con un sesgo de fascinación por el personaje, se carteó con Michael durante los años de cárcel, lo conoció en persona en vis a vis, y acabó casándose y viviendo a temporadas con él, entre 2011 y 2017, tras divorciarse de su marido, al que dejó la custodia de sus hijos.

El documental era por lo tanto un elemento clave para que prosperase la apelación (poniendo el asunto en conocimiento del gran público) y tenía un subtexto exculpatorio. ¡Y ni se mencionaba que la montadora de la serie había mantenido una relación epistolar, y luego carnal, con el propio Peterson durante el montaje! El documental era, pues, en el fondo, más que un documental aséptico, una ficción posible, una entre otras. Como ocurre en los casos de divorcio judicializados en que hay algo en juego: la versiones contrapuestas suelen ser dos ficciones  de agravios que buscan convencer al juez. Aquí predomina una de las dos versiones.

Con otras secuencias de grabación de las audiencias, otros cortes de entrevistas, material de la fiscalía y el abogado de la acusación, y alguna incursión en la vida y desconsuelos de la hija y las hermanas de Kathleen, y, por supuesto, otro enfoque en el montaje, se podría haber armado un documental, pero esta vez inculpatorio, si no más, al menos igual de sólido y aparentemente convincente.

Un documental realmente neutral, obvio es, habría intentado dar igual peso a las tesis de las dos partes, defensa y acusación y repartido los tiempos de manera equilibrada.

En cambio, la actual serie es un guion de ficción más equidistante, basado libremente en el documental, y que arranca con este elocuente incipit bíblico, de boca de Jesús:

Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz. (San Juan, 18:37)

No sé si la serie es de la verdad o no, pues no parece ni consta que los interesados hayan sido consultados acerca del guion ni de la veracidad de los episodios privados que se recrean. Los principales protagonistas del drama son representados en constantes flash-backs y flash-forwards, entre 2001 y 2017 (y alguna breve incursión en la infancia de Michael), entre los que se incrusta, y de modo principal, la preparación y ejecución del propio documental, y en filigrana la historia de amor entre Michael y la montadora parisina Sophie Brunet (encarnada por una convincente Juliette Binoche, con un inglés primoroso). La serie cubre, por así decir, todo aquello que el documental, por definición, no podía mostrar: la vida familiar antes del drama, la vivencia dentro de la cárcel de Michael, las privadas y variadas cuitas de los hijos antes, durante y después de los procesos, ciertas conversaciones entre Lestrade y la montadora, o con el productor del documental, etc; y, sobre todo, se nos muestra el documental desde fuera, como si éste fuese un personaje más del “drama em gente” que se ofrece a la mirada del telespectador; un telespectador, reconozcámoslo, algo cautivo, y sin duda desarmado frente a lo que se le presenta como hechos ciertos (salvo en las tres posibles muertes de Cathleen: se autoexcluyen, lógicamente). Es lo que los pedantes llaman une “myse en abîme”¨: el ejercicio especular de mostrar una suerte de "making of" del documental. Una ficción sobre una no-ficción. ¿O más bien una ficción sobre otra ficción?

La ficción ofrece, y es un acierto, las tres versiones más plausibles, a lo Rashomon, de la muerte de Kathleen: golpeada a manos de Michael tras una discusión sobre su bisexualidad; víctima del ataque de un búho gigante que se habría introducido en el jardín, y, por fin, desangrándose tras una caída desgraciada por las escaleras, tal vez por estar algo ebria y cansada tras una jornada de trabajo agotadora.

Como ficción de “true crime”, la obra, con buenas hechuras técnicas e interpretativas, se ve con interés y curiosidad, pues el espectador mantiene vivo el gusanillo de que al final podrá hacerse una idea de si Michael no tuvo nada que ver, o bien participó en alguna medida (¿no asistencia a persona en peligro de muerte; homicidio involuntario; asesinato con o sin premeditación…?) en la muerte de su esposa Kathleen. ¿Cabe mayor gozo para un espectador que erigirse en juez y dictar su propia sentencia? Cada cual puede para ello hacerse su propia composición de lugar, una vez visionados los ocho capítulos de la serie. Y también sobre el estado de las relaciones de Michael con su esposa, sus hijos, su exmujer, su hermano, su abogado, el realizador Lestrade… y su nueva esposa, Sophie; en definitiva, todo su entorno. La ficción no predispone especialmente al espectador, a diferencia del documental, en favor de la inocencia de Michael. Si, deontológicamente, se trataba de ser equidistante, o al menos, no partidista, la ficción lo logra mucho mejor que el documental. Sólo incurre en cierta benevolencia hacia el protagonista en los episodios carcelarios, seguramente por ser una manera convencional de criticar al “sistema”, o cuando atribuye, otro tópico, a viejos traumas infantiles (¡cuántos crímenes cometidos en tu nombre!”) la oscura y torturada personalidad de Michael; no olvidemos que, además, él es un oficial veterano de guerra traumado por Vietnam y con importantes secuelas físicas después de un accidente de coche en una base americana en Japón. Es decir, un ser "marcado".

¿En qué puntos aporta la ficción un valor añadido respecto a la serie documental? Precisamente en lo antedicho: no es una ficción ad majorem Michaelis gloriam. El retrato de Michael que se nos brinda, bien encarnado por Colin Firth, es el de un neurótico y egocéntrico manipulador, un mentiroso compulsivo y mitómano, bastante desagradable hasta con los suyos, y que no se gana precisamente la simpatía del espectador. Por otro lado, la serie, a diferencia del documental, opta por el  parti pris de retratar “humanamente” a la víctima, Kathleen: una brava mujer que se desvive por la familia y que arrastra con entereza la frustración de su peculiar y sufrido matrimonio (al menos en la época que antecede la tragedia), lleno de ambigüedades y zonas oscuras. Entremedias, se nos pinta un paisaje de familia recompuesta bastante desolador: los hijos varones de Michael son dos balas perdidas, y las dos hijas adoptivas tienen serios problemas existenciales. La única que parece salvarse algo de la quema es Caitlin, la hija biológica de Kathleen, que, a pesar de su inicial y genuino amor hacia Michael y la familia tras la tragedia, tarda poco en tomar distancias con la tribu Peterson, en cuanto es puesta al corriente del resultado de la autopsia, y se pone abiertamente del lado de las hermanas de su madre, conformando así la acusación contra Michael, en tándem con la fiscalía del condado.

El morbo de la historia se centra principalmente en dos cuestiones: la bisexualidad oculta de Michael (y su sexo con hombres a veces de pago), que se ve revelada a raíz del juicio (no se sabe ni se sabrá ya nunca si Kathleen sospechaba algo o no, o si estaba al corriente y lo toleraba, o eso era fuente de conflictos); y el hecho, también desvelado durante el proceso, de que 15 años antes, en una base americana en Alemania, Elizabeth Ratliff, vecina viuda y amiga íntima de Michael, fuese hallada muerta (supuestamente de un aneurisma cerebral) también a los pies de la escalera de su casa, siendo Michael el último en haberla visto con vida la víspera, pues él la había ayudado a acostar a las niñas en el piso de arriba; las mismas niñas de la fallecida que fueron adoptadas al morir la viuda por el propio Michael. La nueva autopsia ordenada con ocasión del juicio, en 2003, dictaminó que la muerte en Alemania de Elizabeth Ratliff había sido un homicidio. En su día esto se había encubierto por parte de las autoridades alemanas para evitar así una incómoda investigación en una “zona militar americana”. Es lo que se deduce del documental. La serie obvia este punto. (Cuesta entender, dicho sea de paso, que las hijas de Elizabeth Ratliff, tras conocer el resultado de la autopsia, no tomasen más distancias respecto a su padre adoptivo y ante tanta escalera asesina. Las acabarían tomando, así como los dos hijos varones de Michael, al hilo de los años: ninguno de los cuatro asistió a la vista del proceso definitivo en 2017; no sabemos el estado actual de su relación).

Estos dos elementos de la bisexualidad y el misterioso suceso en Alemania (delito prescrito, en cualquier caso) parecen haber pesado mucho a la hora de que el jurado se inclinase por una primera condena de cadena perpetua; posteriormente, gracias a un recurso de apelación basado en que uno de los peritos del juicio habría falsificado pruebas e informes periciales en otros asuntos, Michael obtiene la libertad condicional durante seis años, a la espera de un nuevo juicio, que finalmente no llega a celebrarse: Michael prefiere acogerse antes, como a un clavo ardiendo, a lo que se denomina "doctrina Alford", consistente, en este caso, en declararse el reo culpable de homicidio en primer grado al tiempo que reitera su inocencia del cargo de asesinato: un sinsentido judicial estadounidense, parecido al experimento del gato de Schrödinger, vivo y muerto al mismo tiempo, y que escamotea el principal cometido de la justicia: determinar al máximo la verdad de los hechos ocurridos. La naturaleza transaccional de la justicia norteamericana tiene ésta y muchas otras peculiaridades, como es sabido.

Michael, básicamente, se nos muestra en la ficción de esta manera: es un mentiroso compulsivo, un sutil manipulador, un resentido social, un ambicioso egoísta nada empático con el prójimo y un gran derrochador: mantiene en secreto frecuentes encuentros sexual
es con hombres, de pago o no; le abre el correo a su hija y la castiga con no pagarle el billete para que los visite el día de Acción de Gracias por sus malas notas, ocultándoselo a Kathleen; se inventa condecoraciones de guerra inexistentes; omite ante sus hijas adoptivas muchas cosas sobre lo ocurrido en Alemania (¡nos enteramos de que quiso dar en adopción a una de las recién adoptadas!); maltrata también psicológicamente a sus conflictivos hijos varones; sablea a su mujer sin escrúpulos para financiar su breve, insensata y fallida carrera política a la alcaldía; bebe vinos carísimos sabiendo de la precariedad económica de su mujer; y, durante décadas, para haber vivido como un parásito de ella, apenas gana dinero con sus pocos libros y artículos en la prensa local; y, llegado el momento, tampoco dudará en embaucar a una entregada Julie, primero epistolarmente y luego en persona, para que esta lo ayude a salir de prisión; y hasta se casa con y conviven entre 2011 y 2017, para luego abandonarla, tras la vistilla del procedimiento Alford, en cuanto ha conseguido su objetivo de verse en libertad definitiva, y la ve deshecha y presa de celos por el amor que ella cree que todavía siente por Kathleen, cuando una vez terminado el calvario judicial habían planeado durante años ir a vivir los dos a París e iniciar así una nueva vida. Una de las escenas casi finales de la serie. (En una reciente entrevista en la prensa, Peterson, que acude a platós de televisión y da entrevistas actualmente, alega que era muy viejo para cambiar de país y aprender francés -sic-, y que por eso corta con Sophie.)

Personaje dual, que repele y atrae, Michael Peterson nunca deja indiferente a nadie: mucha gente albergaba resquemores sobre él desde los tiempos en Alemania: la canguro de las niñas, la familia y los amigos de Elizabeh… Y también desconocemos los motivos de su divorcio con Patty.

Y ya en la nueva vida americana: las hermanas de Kathleen, sobre todo, y su primer marido, que advierte a su hija Caitlin sobre la mala entraña de Michael; y la comunidad de Durham en general parece detestarlo (eso se ve más en el documental que en la serie, donde al final, eso sí, se les niega una mesa en la pizzería el día de la sentencia Alford).

Y a pesar de todo, Michael consigue que algunos sí lo quieran: sus hijos, que están de su lado (conforme pasan los años cada vez menos...); su hermano, que nunca, o casi, deja de creer en él; su ex mujer que, a pesar del divorcio, lo apoya y hasta le financia en parte los gastos de la defensa; el abogado, que entabla amistad con él, así como el propio Lestrade; y, por supuesto, Sophie, la montadora, a cuyo enamoramiento responde él con entusiasmo; e incluso Michael se gana las simpatías del único recluso con algo de compasión de todo el penitenciario, y que, en un momento dado, le propone por compasión y vista su desazón.... eutanasiarlo (!)

Ya se sabe: en las relaciones humanas, cada cual baja las escaleras como quiere…

Mi veredicto, no me voy a privar de uno, es éste: el Michael Peterson de carne y hueso finge. Siempre finge. Incluso el día de la sentencia Alford finge no saber si se acogerá o no al expediente cuando le pregunte el juez. Hasta el final quiere dejar dudas sobre sí mismo y crear expectativas. Seducir con la incertidumbre. Y cuando afirma que no mató a Kathleen me parece que finge, aunque pueda ser inocente. Peterson fingiría hasta su propia culpabilidad, pues como el poeta de Pessoa, es un fingidor que finge constantemente, que hasta finge que es dolor, el dolor que en verdad siente.  

(Colin Firth también finge, claro está. Pero como en la paradoja del comediante de Diderot, lo hace para contarnos una verdad).

Dos anotaciones más: el asombroso parecido físico entre Todd Peterson, el hijo menor, y Margaret Ratliff, una de las hijas adoptivas. (Y también, aunque menos, con el otro hermano, Clayton). ¿No será acaso Margaret hija de él (la fechas encajan, y el marido de Elizabeth estaba de misión constantemente), y por tanto, Michael el amante de su madre durante la estancia en Alemania? Ello proporcionaría un posible móvil para la muerte de Elizabeth: ¿le habría prometido él divorciarse de Patty y ponerse a vivir con ella y las niñas? ¿Discutieron físicamente por ello la noche anterior a la tragedia en la base americana? (Michael y Patty se divorciaron al año y pico de aquellos sucesos: ella se quedó con la custodia de los varones; él, con la de las adoptadas). Tampoco hace falta que Michael sea el padre biológico de Margaret para que pudiera ser el amante de Elizabeth, por supuesto... No tardó mucho Michael, en todo caso, en volver a casarse, en 1989, esta vez con nuestra Kathleen Atwater: separada y con una hija, Caitlin, instalándose pronto todos en una mansión en Durham, recuperando él la custodia de sus hijos, y formando con su nueva esposa una familia con 5 niños, a los que criaron juntos durante casi doce años.

Margie Ratliff y Clayton Peterson, sin lazos de sangre reconocidos.-


Margie Ratliff y Todd Peterson, sin lazos de sangre reconocidos.-


Tanto Jean Xavier-Lestrade como Michael Peterson han manifestado su total desacuerdo con la serie: el primero amenaza con una demanda, al sentirse traicionado, dice, en lo acordado con Antonio Campos cuando le cedió los derechos para utilizar el documental: denuncia un enfoque hollywoodiense que poco tiene que ver ni con el documental, y más grave aún,  ni con los hechos.* 

Michael Peterson, que declara no haber cobrado nada por la serie (no se sabe sobre si cobró por el documental, en cambio…), echa también pestes de la ficción y sigue defendiendo, naturalmente, su inocencia**. 

El año pasado Patty, que lo mantenía y con quien había vuelto a vivir después de la ruptura con Sophie, falleció.

De las cuatro mujeres en la vida de Peterson, solo queda Sophie, que ha rehecho su vida en París, y sigue trabajando en la industria audiovisual. [aquí una entrevista reciente en que niega con contundencia que su relación sentimental con Michael Peterson influyera en su trabajo. Sophie Brunet es coautora de un libro sobre el arte del montaje (1990): aquí.]

¿Y la verdad, dirán, en todo esto? Recordemos el incipit antes del primer episodio:

 Para esto yo he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz. (San Juan, 18:37)

El documental se inventa una verdad en torno a una probable inocencia de Peterson, y lo hace embozadamente: pretendiendo una equidistancia, denunciando los fallos del sistema, y como instilándonos la idea perversa de que no hay verdades objetivas; o que si las hay, en muchos casos, no hay manera alguna de llegar a ellas (cuando una mera cámara de seguridad, de una alarma al uso en muchas mansiones, podría haber filmado la escena). Usa fragmentos de lo real, como todo documental, pero para sembrar dudas sobre lo que pudo ocurrir. Quiere que el espectador salga de la sala pensando que tal vez Peterson no sea del todo inocente, pero que, con seguridad, no es del todo culpable.

La ficción propone, en cambio, tres verdades alternativas, cada de ellas plausible, y aun cuando alguno pensará que eso es lo mismo que decir que el gato de Schrödinger está vivo, está muerto y está medio muerto, al menos tiene la virtud de escenificar tres muertes realmente posibles. Tres muertes incluso probables. Y nada en la serie predispone en favor de una de las tres posibilidades, cosa que el documental sí hacía: de las tres opciones, el documental debilita, de manera subliminal, sin duda, la del asesinato a manos de Michael.

Cierto es que, en cambio, el privilegio de las ficciones reside en poder escenificar lo que pudo ocurrir; de una o de distintas maneras. Por ese motivo, esta ficción también puede utilizar fragmentos de lo que pudo ser real, y no solo del documental, para ofrecernos una triple interpretación de la muerte de Kathleen. Es más honesto y, esta vez sí, más equidistante y objetivo. No descarta ninguna opción. Y a la postre es como si la ficción sobre una no-ficción sesgada pudiera arrojar como resultado cierta verosimilitud.

Habrá quien considere que la verdad solo la sabe Michael Peterson. Y que esa es su superioridad en la materia respecto al resto de los mortales. Ahora bien: si Michael Peterson dijera hoy (hoy que ya no puede volver a la cárcel), que mató intencionadamente a su mujer, casi todos le creeríamos. Pero siendo Michael Peterson, no sería necesariamente verdad.


Todos sabemos que la serie es una ficción, pero todos tendemos a creer mucho en las ficciones y suspender el mecanismo de incredulidad cuando las consumimos; y por eso, supongo, el director ha tenido la desfachatada y burlona idea de que el actor que encarne a Jean-Xavier Lestrade sea contra todo pronóstico (¿o no?)... un negro.


La ultima imagen de la serie nos muestra a un Colin Firth mirando a cámara con una medio sonrisa de Mona Lisa. Es el momento en que Colin Firth es mucho más Michael Peterson que el propio Peterson.

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* Entrevista con el airado equipo del documental, aquí.

"Entiendo que se dramatice. Pero cuando se ataca la credibilidad de mi trabajo, eso no es aceptable para mí", dice de Lestrade. "Se alega que montamos la serie de documentales para favorecer el atractivo de Peterson, lo que no es cierto". De hecho, incluso casi dos décadas después de aterrizar en Durham,  Lestrade afirma que no se ha hecho una  idea sobre Peterson: "No puedo decirte si tuvo algo que ver con la muerte de Kathleen, porque no lo sé". 
(...)
"Los documentalistas nos parecemos mucho a los periodistas en el sentido de que tratamos de preservar un cierto grado de integridad y comportamiento ético", dice Stevenson, que editó las secuencias del juicio de The Staircase. "Aunque obviamente tenemos que editar el material, revisar cientos de horas de material y tomar decisiones para contar una historia convincente, hay un proceso para hacerlo de manera que se preserve la integridad... Jean es un hombre de principios y ética. Hacerlo de otra manera nos desvalorizaría a todos, a él y a esta serie en particular".
Añade Sophie Brunet: "Jean nunca pidió a Michael que reformulara una declaración o que diera más emoción en una segunda toma. Nunca pidió una segunda toma. Quería acercarse lo más posible a la verdad".

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Las exigencias del equipo del documental, aquí.

El francés Jean-Xavier de Lestrade -conocido por su serie documental "Soupçons: La Escalera"- ha expresado públicamente su descontento con la forma en que la serie de HBO presenta su trabajo como documentalista.
Es una afrenta que no puede dejar pasar. Jean-Xavier de Lestrade, que ganó el premio Peabody en 2004 por su serie documental La escalera, sobre el caso y el juicio al novelista Michael Peterson, acusado de asesinar a su esposa Kathleen a principios de la década de 2000, y la angustia que causó a la familia en los tribunales, dijo sentirse traicionado por la forma en que la serie de HBO presenta su trabajo.
La escalera es una serie de 8 capítulos, dirigida por Antonio Campos (Afterschool) y Maggie Cohn (Narcos: México), que presenta, además de la historia personal de Michael y Kathleen Peterson, el trabajo de Jean-Xavier de Lestrade y su equipo durante el juicio, al que tuvo un acceso sin precedentes. La serie también se centra en la relación amorosa que surgió entre Michael Peterson y la montadora de la serie documental, Sophie Brunet, en aquella época.

ALGO INACEPTABLE

Para Jean-Xavier de Lestrade, la forma en que la serie insinúa que el equipo del documental trató de influir a sabiendas en el veredicto del juicio a favor de Michael Peterson es objetivamente errónea y completamente inaceptable.

"Le dimos a Antonio Campos todo el acceso que quiso, y realmente confié en el hombre. Por eso hoy me siento muy incómodo, porque considero que me han traicionado, de alguna manera", dijo el cineasta a Vanity Fair. "Entiendo el deseo de dramatizar. Pero cuando se ataca la credibilidad de mi trabajo, se vuelve inaceptable. La serie cuenta que  llegamos a cortar escenas para ayudar en la apelación del Sr. Peterson, lo que no es cierto", continuó.

Sophie Brunet también dijo que su relación con Michael Peterson no comenzó hasta después de haber trabajado en la serie documental. Cuando se encontró trabajando en los tres últimos episodios, ya no tenía una relación con el novelista. "Mi relación con Michael nunca influyó en mi montaje", dice.

UNA SOLICITUD DE RECTIFICACIÓN

Mientras que Campos y Maggie Cohn [la segunda directora de la serie] explican que simplemente buscaban explorar "la naturaleza de la construcción de un relato y la naturaleza de la verdad", especialmente a través del romance entre Brunet y Peterson;  Lestrade y el productor Belghiti piden a Campos y a la HBO que especifiquen en cada episodio que la historia está "inspirada" en hechos reales, y que presenta una versión dramatizada de los mismos. También exigen que se elimine el material ofensivo del episodio 5 antes de su emisión.

"He visto el episodio 5. Campos cruza una línea que no debiera cruzar. De nuevo, me siento incómodo con esto. Pero tengo que proteger mi trabajo. Una serie en HBO va a tener una gran audiencia. Si la gente cree que lo que está viendo es cierto, es realmente comprometedor para nosotros. Lo siento mucho, porque no tengo intención de dañar la prometedora carrera de un director con tanto talento como Antonio. Porque tiene verdadero talento. Pero esta vez se ha equivocado", continuó el director francés.

Por el momento, ni Antonio Campos ni la cadena estadounidense HBO han reaccionado a los comentarios de Jean-Xavier de Lestrade y su equipo.
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**Michael Peterson en declaraciones a Variety:
 "He escuchado de muchas personas, incluyendo mi abogado, que las escenas de sexo en la serie de HBO son falsas y provocativas, incluyendo un encuentro entre hombres cuando fui a Blockbuster a alquilar la película que Kathleen y yo vimos la noche que ella murió" (...) "Eso es totalmente falso, y el resto del sexo gratuito en la serie es, por lo que también he oído, homófobo, como lo fue ciertamente mi juicio, y definitivamente un factor que contribuyó a mi condena". Peterson también se sintió ofendido por la decisión del director de La Escalera, Antonio Campos, de encarnar [en imágenes] las diversas teorías que rodean la muerte de Kathleen. "Ese episodio completamente inventado en el que yo habría matado a Kathleen al encontrar ella pornografía en mi ordenador a altas horas de la noche es burdamente homofóbico, cuando se sabe que el experto de la acusación testificó que nadie accedió al ordenador después de las 4 de la tarde".
Peterson continua diciendo: "Crear una razón sexual falsa y ficticia por la que yo la maté es asquerosamente homofóbico, además de erróneo, como se ha demostrado en el juicio"(...) "¿Cómo pudo Campos crear una escena que fue completamente refutada por los testimonios del juicio?" (...) "Eso demuestra su total desprecio por la verdad, y su denigración de mi bisexualidad". (...) "Se han inventado una razón para matar a Kathleen basada en mi bisexualidad."

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Escalar la verdad nunca es fácil.

La doctrina de la vida

Arcadi Espada habla aquí sobre las dos series  The Stairecase , el documental y la ficción.  Habla sobre ello y critica a la ficción, a la q...